Antes de cualquier reflexión, es importante dejar claro algo: este texto nace desde un profundo respeto por el dolor de la familia de Miguel Uribe Turbay y por todos los colombianos que han perdido a un ser querido a causa de la violencia. No busca señalar culpables ni entrar en debates políticos, sino abrir un espacio para mirar lo humano y lo invisible que puede estar detrás de algunos destinos repetidos. Lo que aquí se comparte parte de los hechos conocidos y de la mirada que ofrecen las constelaciones familiares, con absoluta neutralidad frente a posturas partidistas.
En 1991, Diana Turbay —periodista y madre de Miguel— fue secuestrada durante varios meses y murió a los 40 años, dejando a su hijo con apenas cuatro años. Más de tres décadas después, su hijo, Miguel Uribe Turbay, murió a los 39 años, después de permanecer dos meses en una clínica tras un atentado, dejando también un hijo de cuatro años. Estos son los hechos: dos muertes marcadas por la violencia, con edades y circunstancias que parecen un espejo. Una madre que muere joven dejando un hijo pequeño, y un hijo que, en su adultez, muere joven dejando otro hijo pequeño.
Desde la mirada sistémica de las constelaciones familiares, este patrón recuerda el fenómeno del “yo como tú”, una de las frases propuestas por Bert Hellinger para describir identificaciones profundas e inconscientes que nos llevan a vivir un destino parecido al de otro miembro del sistema familiar. Hellinger planteó también otras dos frases relacionadas: “yo como tú”, que es un acto de identificación en el que, sin darnos cuenta, adoptamos rasgos o experiencias de otra persona —su dolor, su destino— y los repetimos de manera similar; “yo te sigo”, que expresa la tendencia inconsciente a acompañar a otro en su final, incluso en la muerte, como si seguirlo fuera una manera de permanecer unidos; y “yo por ti”, que implica cargar con algo que pertenece a otro, como si pudiéramos aliviar su dolor o sustituirlo en su destino, asumiendo una carga que no nos corresponde. Aunque “yo te sigo” y “yo como tú” se parezcan, la diferencia es que el primero implica seguir a alguien en su partida, mientras que el segundo es vivir una vida que refleja la del otro, sin necesariamente irse al mismo tiempo que él.
Y surge la pregunta: ¿es posible que en esta repetición de edades, circunstancias y vínculos haya actuado una de estas lealtades invisibles? ¿Será que esta forma de “seguir” o “ser como” otro no es solo una dinámica personal, sino un reflejo de algo que todos los colombianos sostenemos con nuestra historia de violencia? En la misa de despedida, su esposa expresó palabras de amor y de renuncia explícita a la venganza. Un gesto que, en medio del dolor, revela una intención de reconciliación. En una sociedad marcada por la polaridad, escuchar un mensaje así despierta otra pregunta: ¿cuántas veces hemos estado en un bando u otro, alimentando divisiones que terminan cobrando vidas?
La muerte de Miguel Uribe Turbay no es solo la tragedia de una familia, sino un espejo que refleja algo más amplio: la repetición de la violencia como parte de nuestra identidad colectiva. Mirar estos patrones no para justificarlos, sino para reconocerlos, puede ser el primer paso para liberarnos de ellos. Y aquí, la mirada de las constelaciones familiares ofrece una clave: honrar a quienes han vivido destinos difíciles y, desde ese reconocimiento, elegir un camino diferente.
Honrando el destino de Miguel, de su madre Diana y de todas las víctimas de la violencia en Colombia, surge una invitación: preguntarte qué lealtades invisibles cargas tú. Puede que no sean tan evidentes como en esta historia, pero tal vez estén condicionando tu vida y tus decisiones. Explorarlas a través de una constelación familiar puede abrir la posibilidad de cerrar ciclos y dejar de repetir dolores que no nos pertenece vivir otra vez.
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